Y aquí estoy, no sé cuántos años más, pensando: lo intentaré una vez más.
Hoy hablaré de mamá. Se fue como tanto lo anunció cuando éramos niños: para nunca volver. Esta vez no me quedé llorando con la nariz pegada a la malla mosquitera de la puerta, berreando a gritos que regresara. Pasé a reconocerla en una de esas camillas de hospital; tenía una gasa en la boca, no recuerdo si le habían tumbado un diente, imagino que cuando intentaron intubarla. Se veía ausente, cansada, no solo de la batalla de los últimos diez días contra esa enfermedad que se la llevó.
Las últimas palabras que me dijo fueron: “Dile a mi Rodri que lo amo…”.
Su último mensaje de WhatsApp: “Conejo, tene hame…”.
Una noche antes de que la ambulancia la llevara por segunda vez al hospital tosió mucho. Yo no me levanté a ayudarla; eso aún pesa en mi corazón. Siempre la pienso, pero particularmente en esta semana la he traído en mente porque he tenido accesos de tos que me dejan sin aliento, como aquel que tuvo ella y en el que no la socorrí.
La tos es incómoda, no sé si igual o más que la rinorrea. Lo cierto es que me provoca una sensación de picor desagradable en la faringe que me impulsa a toser sin descanso. A veces imagino pequeños diablillos rojos, con tridentes, picando mi faringe compulsivamente. Quieres hablar y ese goteo postnasal no deja de escurrir, cosquilleando la mucosa inflamada y detonando el reflejo tusígeno, intentando deshacerse de esa sustancia pegajosa. Respiras hondo para recuperar el aliento y nuevamente se activan esos receptores hiperestimulados; das un trago de saliva o de agua esperando que pase el evento. Finalmente, llega un breve momento de descanso antes de que se desencadene el siguiente episodio tusígeno.
Mamá, siempre que enfermaba, presentaba esos episodios de tos; incluso acostumbraba comprar algunos remedios para combatirla. Tenía un spray con un dispensador largo que alcanzaba a dispersar el medicamento justo en la faringe; también contaba con el famoso Broncolyn, el Zorritone, el té pulmonar, el gordolobo, ambroxol, dextrometorfano, pastillas Halls y cuanto chunche se ofertara para el alivio de la tos.
Uno de esos periodos fue cuando comenzó a ser hipertensa y su médico de familia le recetó captopril; después de un tiempo de tomarlo, empezó con uno de los efectos secundarios conocidos: la tos. Tuvo que suspenderlo y se lo cambiaron por metoprolol.
Ahora yo también tengo Zorritone en mi mesita de noche, Vicks VapoRub y pastillas Halls; cuento con té pulmonar y gordolobo en la alacena… solo el spray del dispensador largo no lo he adquirido. Me gusta tomar los remedios que mamá tomaba. He tenido que interrumpir este escrito un par de ocasiones para levantarme a tomar agua porque me llegan los accesos de tos.
Voy por un té de gordolobo con miel de abeja y limón.
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